OTOÑO EN LA CORDILLERA: cosecha de frutos del bosque

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Hablar de esta época del año en nuestra Araucanía Andina es hablar de tonalidades, colores y bellezas incomparables. Los paisajes son verdaderas postales allá en las alturas, que también albergan una gran historia ancestral.

La temporada de otoño es particularmente emblemática para las comunidades indígenas porque el pueblo mapuche pehuenche realiza una de las actividades fundamentales que significa el sustento económico para cientos de familias de esta zona del país: la recolección del piñón, fruto de la araucaria, es todo un ritual y símbolo de tradiciones milenarias arraigadas en los habitantes de la cordillera. No menos importante es la labor que realizan los colonos del lugar en torno al campo, sus animales y en algunos casos también en la recolección de frutos silvestres.

 

Existen diferentes tipos de recolección que se practican en esta temporada. La principal y más conocida es la del piñón o en lengua mapuche, “ngilliu” (que es la denominación de la semilla de la Araucaria). Pero además de los piñones, los bosques milenarios de la Araucanía Andina nos entregan otros alimentos como el “changle”, hongo comestible de la zona sur que se da en bosques húmedos y oscuros desde la región del Maule a Los Lagos; o también los “gargales”, especie de hongo muy apreciado por su singular aroma almendrado, utilizado por nuestros pueblos originarios por su valor nutritivo y medicinal.

Todos alimentos de los bosques cordilleranos que han ido ganando espacio en las cocinas de Araucanía Andina y que cada vez son más utilizados en diferentes preparaciones, ya sea en una ruka mapuche pehuenche o en algún restorán que ha sabido hacer comida fusión con estos elementos creando platos exquisitos e inigualables en aromas, texturas y sabores.

Así las cosas, mientras existen grupos familiares minoritarios que recolectan hongos como el “changle” en bosques de ñirres y lengas, otros todavía encuentran en menor cantidad “gargales” en medio de arboledas de robles. Recordemos que diferentes especies de hongos comestibles han sido descritas como fundamentales en la alimentación de los pueblos originarios del sur de Chile y el pueblo mapuche en toda la Araucanía no es la excepción. En primavera el “digueñe” y la “morilla” son por ejemplo especialmente utilizados en la gastronomía gourmet, sobretodo en preparación de salsas y ensaladas. Además hay sectores de Curacautín, donde familias se dedican a recolectar la “rosa mosqueta”, arbusto silvestre nativo de Europa donde se cultiva sobretodo en Reino Unido, pero que fue introducido en estas tierras del sur de Chile donde se da a unos 1200 metros de altura ahí en la cordillera.

Sin embargo, nos vamos a centrar en la principal tarea que por estos días todavía están terminando de realizar familias pehuenches dedicadas a recolectar miles de kilos de piñones para luego comercializarlos en la región y otras zonas del país, y por supuesto también lugareños colonos que han aprendido a distinguirlos y sumarse a las faenas de recolección. Una familia tradicionalmente recolectora puede llegar a recoger hasta 10 mil kilos en una temporada. Otras mientras tanto, sólo logran superar los 3 o 5 mil kilos como mucho. De todas maneras, significa un gran logro para la sobrevivencia de comunidades de Lonquimay, Icalma, Pedregoso, Quinquén, Pehuenco y Bernardo Ñanco, por nombrar algunas.

En muchas de ellas, las familias han conformado emprendimientos turísticos, cuyos servicios por estos días de pandemia del Covid-19 están paralizados, sin embargo se dedican a fabricar harina, café y otras especialidades del piñón, materia prima que cuando hay visitantes además sirve para ofrecer platos de puré, piñones salteados con merkén y otras ricas preparaciones de gastonomía típica. Por ahora sin turistas, han sido días de recolección que comenzaron más tarde de lo habitual, en un otoño medio tardío, y que ha provocado que incluso en estos primeros días de mayo aún queden piñones por recoger.

Además ha sido una buena temporada, lo que ciertamente llama a la reflexión porque según la costumbre pehuenche cuando hay abundancia de los frutos de la tierra, es sinónimo que se vienen tiempos difíciles; para las familias es una señal de la naturaleza que habla de un futuro complejo o un invierno crudo y por lo mismo ningún esfuerzo sobra cuando se trata de estar mejor preparados.

Lo que no se puede negar es que ha sido un otoño distinto, sin visitantes, pero de respeto a las medidas sanitarias impuestas en tiempos de contingencia. La madre tierra se ha encargado de nutrir excepcionalmente a estos herederos de una tradición sagrada. Y claro, la familia pehuenche ama esta forma de vida y contacto con la naturaleza, esa que se encarga de darles el sustento como lo hizo con sus antepasados, a la espera de poder recibir a los miles de turistas que disfrutan las bellezas increíbles de nuestra amada y privilegiada cordillera.

 

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